Crónicas de Españistán: Fauna

En el artículo anterior reflexioné acerca de la visión que a menudo se tiene sobre los aficionados al manganime en nuestro país (especialmente sobre la visión errónea que algunos quieren hacer creer a los demás, presentándola además como “normal”), poniendo el dedo en la llaga en determinadas cuestiones como las malas prácticas periodísticas o los prejuicios más casposos que por desgracia seguimos acarreando desde hace décadas. Como dije y reiteré en aquél artículo, la INMENSA mayoría de los aficionados españoles son personas de lo más normales y corrientes, que viven su afición de una manera saludable y que no van en absoluto por ahí “dando la nota”, salvo las consabidas excepciones puntuales que, como en cualquier otro ámbito, suelen encontrarse también en el nuestro (pero que no hacen sino confirmar la regla general de que el aficionado medio es una persona de lo más normal).

Es algo que me gustaría haber dejado lo suficientemente claro para todos nuestros lectores, de cara a evitar luego posibles malas interpretaciones respecto de lo que hoy me gustaría abordar aquí, un tema de hecho muy vinculado con lo que comentaba en aquél artículo, como sería en esta ocasión el hacer un análisis en profundidad sobre las diversas tipologías de pintorescas “criaturitas” que podemos encontrar en nuestro ámbito, entre aquéllos que comentamos que ya de por sí eran “excepciones a la regla” entre el público general de nuestro país aficionado al manganime.

El artículo como veréis está redactado en un tono marcadamente irónico y ante todo desenfadado, agrupando tipologías de comportamientos muy comunes que se ven entre los fans más pintorescos de nuestro ámbito (aviso: tanto para bien como para mal), pero de un modo absolutamente genérico y sin personalizar en nadie concreto, así que si por algún casual alguien tras la lectura del artículo se pudiera sentir en cierto modo aludido (o hasta “ofendido” por encontrarse encuadrado en determinado grupo digamos que no demasiado recomendable) le reiteraría una vez más que el artículo no se basa en personas concretas con nombre y apellidos, sino en comportamientos plurales de lo más comunes en nuestro ámbito, que cualquiera puede ver que se repiten con asiduidad tanto en el mundo real como en el virtual de la red.

Quien pretenda negar una realidad porque no le guste, o simplemente le incomode sentirse reflejado en “cierto grupo” de los aquí descritos, francamente, es su problema. El venir aquí a “echar bilis por la boca” desde luego que no se lo va a resolver, sino que va a quedar aún más en evidencia si cabe. A éstos en concreto a parte de reiterarles por enésima vez todo lo comentado anteriormente les diría con franqueza que, si tienen tiempo para éso, lo empleen mejor en tratar de mejorar como personas antes incluso que como fans. Poniéndole el suficiente empeño estoy convencido que en poco tiempo lograrán verse fuera del grupo al que no les guste pertenecer. Pero ante todo no seamos hipócritas y por supuesto no “matemos al mensajero” que nos trae las malas noticias, pues eso no soluciona absolutamente nada y es una costumbre muy, pero que muy fea.

Una vez hecho este necesario preámbulo damos paso ya a este reportaje especial sobre nuestra variada “fauna” autóctona. Espero que sea de vuestro agrado y sobre todo que os lo sepáis tomar con el suficiente humor.

Los borregos

Con diferencia la especie más numerosa que puebla las amplias llanuras de Españistán. Viven tranquilamente siguiendo la corriente mayoritaria y acuden como un imán allá donde vean que se concentra la muchedumbre, único hábitat donde se encuentran realmente protegidos. En el día a día van pastando de aquí para allá, pillando simplemente lo que encuentran a su paso y sin preocuparse por buscar nada que les pueda sacar de su rutina. Aquello que vean que más se pasta es lo que ellos se van a tragar también (y si se lo ponen justo delante de sus hocicos pues mejor que mejor), ya que bastante preocupaciones tienen luego con echarse la siesta para reposar todo lo que han tragado antes.

Por supuesto a estas pasotas criaturitas ni se te ocurra molestarte luego en preguntarles acerca de directores, estudios de animación, técnicas o elementos en la trama que pudieran ser merecedoras de un mínimo análisis en profundidad, ya que lo máximo que vas a obtener como respuesta en la mayoría de los casos será un simple: “¡Béeee!” (que en sus diversas traducciones significaría: “¿Ein?”, o “¿De qué coño me hablas?”, o también “Ni idea tú, yo no me preocupo por esas chorradas” o incluso “Si yo ésto lo veo sólo para pasar el rato”). Santa paciencia con estos “animalicos”.

Los borricos

Aún peores si cabe que los anteriores, ya que a su exasperante falta de criterio e iniciativa propia hay que sumar, además, las pocas luces y la torpeza innata que demuestran en cada una de sus intervenciones públicas. Para colmo de males los miembros de esta desafortunada especie no son conscientes siquiera de sus propias carencias cognoscitivas, por lo que no parece importarles en absoluto hacer el mayor de los ridículos cada vez que abren la boca (o “tratan” de expresarse escribiendo algún mensaje en la red, aunque rara vez se trate de algo coherente o mínimamente comprensible para los demás, hay que decir), dejando en la mayoría de los casos únicamente clara y manifiesta su lamentable ignorancia e incompetencia supinas.

Está claro que si se dieran cuenta de ello emplearían ese valioso tiempo en informarse y aprender por sí mismos acerca de aquéllo que desconocen, pero para qué molestarse sabiendo que hay gente por ahí que sí entiende del tema en cuestión y que ya les corregirá y les explicará las cosas una, dos, tres o las veces que hagan falta (aunque hay que reconocer que a partir de la undécima vez ya empieza a ser molesto el tema). El hábitat natural de esta especie solemos encontrarlo en foros multitudinarios, webs de noticias y también a menudo en grandes eventos (en especial en presentaciones de novedades de las principales editoras). Los veteranos en ésto hemos aprendido a desarrollar con el paso de los años una curiosa habilidad especial, consistente en llegar a hacer “invisibles” a estos sujetos ante nuestros ojos en cuanto los calamos. Con cierta práctica seguro que tú también pueden aprender a ignorarlos y sobre todo que no te hagan perder el tiempo.

Los gorrinos

Porque como suele decirse: “de todo tiene que haber en esta vida”. Aquí tenemos una de las especies más habituales que podemos ver pululando por nuestras tierras, independientemente que sean zonas rurales o urbanas. Y es que vayas por donde vayas los “coshinos” están por todas partes, como tristemente sabemos los que llevamos ya un cierto tiempo en ésto. Tetas, culos, más tetas, más culos y luego ya quizá el argumento de la obra suele ser (por ese orden) sus criterios a la hora de elegir los títulos que más les puedan interesar del panorama actual. Si en una obra no hay un mínimo de cinco o seis chicas súper sexys (a poder ser con lolita incluída) entonces dicho título pasa a ser desechado por los miembros de esta nutrida especie, que francamente suelen acabar produciendo vergüenza ajena entre los fans veteranos cuando además les vemos intervenir activamente en cualquier sitio y ponen de manifiesto sus “elevados gustos” en público.

Por fortuna los “picores intensos de entrepierna” suelen superarse con la edad, o al menos se van mitigando progresivamente con el paso de los años (conforme se acostumbran a pensar más con la cabeza que con el pito, como suele decirse también), o simplemente mutan su ámbito de actuación del manganime Ecchi o Hentai al porno real, puro y duro, que es algo que suele pasar aún más a menudo. Por suerte los miembros de esta especie suelen acabar abandonando el manganime al cabo de los años, dejándolo en algún recóndito lugar perdido de sus madrigueras (donde desde luego no recomendamos acceder sin guantes ni mascarilla, pues en estos casos la precisión del término “pocilga” va mucho más allá de sentidos figurados).

Las cotorras

Especie cansina y desesperante donde las haya, que habitualmente tiene en los foros de opinión y en las redes sociales su particular paraíso donde dar rienda suelta a su incansable verborrea e inquietudes personales de lo más intrascendentes y hasta exasperantes, pero que necesitan poner en conocimiento de todo el mundo y en todo momento como el mismo oxígeno que respiran. Da igual que en un sitio se esté hablando sobre un tema más que manido o sobre información de lo más corriente que todo el mundo ya conoce, éso es indiferente, la cotorra acabará interviniendo de nuevo (pues es algo superior a sus fuerzas) para hacerse notar y para aliviar así en lo posible “el mono” de decir algo, sea lo que sea, por más obvio e irrelevante que pueda resultar su intervención.

Por supuesto no todo es negativo con los miembros de esta curiosa especie: sólo hay que ver que los propietarios y administradores de los sitios que frecuentan suelen estar más que encantados con su presencia diaria, pues les elevan la actividad -aparente- del sitio hasta unas cotas francamente notorias (algo de lo más útil cuando por ejemplo  ingresas dinero por la publicidad mostrada en dichos sitios). Pero realmente para el resto de usuarios “normales” la presencia de estos cansinos sujetos no hace más que importunar lo que de otro modo sería una navegación tranquila, ordenada y sobre todo funcional a la hora de encontrar rápidamente tan solo aquello que se está buscando, dando enseguida con el “grano” deseado y ahorrándose el tener que perderse en un auténtico mar de “paja” (que las cotorras se encargan de traer a sacos llenos).

La cabra loca

Por supuesto no toda especie que encontramos poblando el amplio territorio de Españistán tiene que llevar aparejadas unas connotaciones necesariamente negativas, a pesar de todas esas conductas tan cuestionables que hemos visto hasta ahora entre nuestra pintoresca y variada fauna autóctona. Un buen ejemplo de ello es precisamente (y por extraño que parezca a tenor del nombre) el de la conocida como “cabra loca”, una simpática especie que literalmente “pasa de todo” y va siempre a su aire, queriendo tan solo disfrutar del momento sin mayores problemas y sin importarle en absoluto las propias consecuencias de sus actos (y cuando digo que pasan “de todo” me refiero absolutamente de todo, llámese decoro, vergüenza propia, normas de orden establecidas y así un largo etcétera).

El hábitat natural de estas criaturas, por lo general de lo más inquietas y rebosantes de energía, suele estar en grandes convenciones y reuniones de fans más o menos numerosas, donde precisamente puedan llamar más la atención o simplemente “montar el numerito” de turno para al menos hacerse notar ante otros que tengan aficiones comunes a las suyas. Aunque aquí es importante matizar algo: no lo harían por querer parecer “el rey de la fiesta” o sentirse mejor que los demás (ser reconocido como el más friki, el más otaku, etc.), sino que simplemente buscarían expresar así sus inquietudes divirtiéndose junto con los demás (y ojo, que aquí vendría el matiz clave: nunca a costa de ellos). También en ciertos foros de internet (especialmente en los más multitudinarios o donde al menos se hable de series de gran popularidad) su presencia suele ser perceptible a poco que nos fijemos, aunque valga como “alivio” para el aficionado neutro que donde ya hay una “cabra loca” no suele aparecer tampoco otra, sino que éstas convenientemente se suelen diseminar por la vasta red buscando el lugar más propicio donde dar rienda suelta a sus excentricidades (ya que si se juntan dos o más en un mismo sitio ya no llamarían tanto la atención por sí mismas, por el simple hecho de tener “competencia”).

El lince

También conocido como el “iluminado” de la red o el descubridor de América después de Colón. Una especie por desgracia más habitual de lo que sería deseable en el ámbito del manganime (además de observarse también su presencia habitual en otras áreas de ocio juvenil como en el ámbito del cine, los cómics y muy especialmente en el de los videojuegos). Lo peor de todo de estos curiosos sujetos embriagados en el autoconvencimiento de que son poseedores de la verdad absoluta (y que los demás son poco menos que unos pobres ignorantes a los que conviene ilustrar) es cuando uno ve que realmente llegan a creerse lo que están diciendo (además con toda la pompa y clarividencia cuasi divina con la que suelen revestir sus ilustrísimas intervenciones, siempre sentando cátedra y esperando quizá un aluvión de halagos por su gran sabiduría demostrada ante la “plebe”).

Como en defitinita ésta es una especie con la que por desgracia hemos tenido que convivir desde siempre (y me da a mí que tendremos que seguir haciéndolo, visto cómo vienen las nuevas generaciones de “sobradas”) resulta aquí recomendable también seguir aquella recomendación en el caso de los borricos: simplemente aprender a detectarlos para luego saber ignorarlos, y evitar así que nos hagan perder nuestro valioso tiempo.

La mosca cojonera

Lo primero que podemos decir de esta singular especie es que, a nivel intelectual, se encontraría tan solo ligeramente por encima de “los borricos” (a los que podríamos considerar como quizá sus parientes más cercanos de entre la variada fauna de Españistán), pero a diferencia de aquéllos la mosca cojonera sí que se daría perfecta cuenta que está fastidiando con sus comentarios impertinentes, fuera de lugar y, ante todo, nunca constructivos. Aunque la verdad, éso es algo que en el fondo a ellos les trae sin cuidado, ya que ésa en definitiva es su manera de ser (y a esas alturas de la vida pues como que no van a cambiar ya).

El hábitat natural de estos peculiares seres suele encontrarse en webs y foros en los que se traten temáticas más o menos técnicas (como las ediciones en vídeo como claro ejemplo en nuestro ámbito) o bien artículos especializados sobre una materia concreta (como géneros específicos del mundo del manganime, grandes autores o estudios de animación de los llamados “de culto”). En todos esos ámbitos la mosca cojonera revolotea gozosa ansiando intervenir a la menor ocasión, principalmente para advertir del más mínimo e intrascendente punto conflictivo, aspecto interpretable o cualquier mera omisión de datos que pueda haber en un reportaje publicado, aunque se trate incluso de algo tan obvio como un simple error tipográfico (del que cualquiera con un mínimo de sentido común se daría cuenta que no es más que éso, sin darle mayor importancia).

Además conviene tener mucho ojo, pues a veces por el tipo de intervención podría llegar a confundirse a los miembros de esta especie con la de los antes mencionados “linces”, pero si uno se fija bien en sus mensajes es bastante fácil distinguirlos en realidad, ya que mientras que “el lince” habla siempre de sí mismo (para bien, obviamente), la “mosca cojonera” prefiere hablar en cambio de los demás (para mal, por supuesto). Mucha paciencia también con estos bichitos.

Los parásitos

Por desgracia una auténtica plaga que se extiende a lo largo y ancho de nuestras tierras, además tan numerosa como peligrosamente contagiosa, pues a parte de sus ya de por sí nocivos hábitos para la industria del manganime (“logrando” con su actitud que nuestro país sea visto como poco más que un “cero a la izquierda” a los ojos de los productores y editores nipones), para colmo dichos hábitos suelen además propagarse con una facilidad pasmosa, incluso (y ésto es de lo más preocupante) entre las generaciones más jóvenes de fans que se van incorporando cada año a este mundillo (y que en su gran mayoría podrían perfectamente costearse su supuesta afición favorita, pero no lo hacen por la propia “cultura” patria al respecto, heredada muchas veces de sus mayores).

No cabe duda que el poder disfrutar de una afición tan atractiva como la nuestra sin dar nada a cambio resulta un caramelo demasiado “goloso” de eludir para muchos, y más teniendo en cuenta la facilidad que permiten los medios tecnológicos de hoy en día. Pero quienes realmente se consideran auténticos fans de cualquier hobby material (y aún con mayor motivo tratándose de una expresión artística como la nuestra) saben sobradamente que en la concepción, elaboración y posterior distribución de ese “caramelo” hay unos costes que en absoluto son gratuitos. Y éso refiriéndonos sólo al proceso productivo en sí mismo para replicar la obra, pero antes que nada estaría obviamente la necesaria contribución y reconocimiento que hay que otorgarle al legítimo autor de dicho producto original, pues en definitiva ése es su modo de ganarse la vida como cualquier otro profesional en su respectivo ámbito.

Aficiones gratuitas siempre va a haber muchas a nuestra disposición para tener como hobby: como hacer footing, ir a la montaña a observar pájaros o convertirse en un ávido lector frecuentando nuestra amplia red de bibliotecas públicas (hábitos todos ellos por cierto de lo más saludables y recomendables), pero si queremos disfrutar de una afición como el Manga y el Anime tenemos lógicamente que pagar por ello, al igual que pagamos la entrada del cine cuando nos apetece ver una película o la entrada de un concierto cuando queremos ver en directo a nuestro grupo favorito. Sólo es cuestión de darle el mismo tratamiento que merece.

Las hienas

Si la especie anterior ya era de lo más nociva para la industria del manganime por su lamentable filosofía del “todo gratis”, qué decir de estas auténticas alimañas, aún peores si cabe que los tristes parásitos que lo quieren todo sin dar nada a cambio. Pues bien, las llamadas hienas, en su patetismo infinito serían capaces de ir incluso un paso más allá: obtener algo sin coste alguno y además pretender lucrarse con ello, cobrándole a otros fans por algo que nunca deberían pagar a otro que no fuera a sus auténticos y legítimos autores o a los propietarios legales que ostentaran sus derechos de explotación en cada país.

El pestilente hábitat natural de las hienas suele encontrarse en el ámbito de las falsificaciones de los productos originales japoneses (una industria paralela que mueve ingentes cantidades de dinero en todo el mundo, replicando todo formato imaginable en el que podamos pensar), pero también lo encontramos a una escala ya mucho más mundana y próxima en forma de listillos y caraduras locales que tratan de hacer su particular “Agosto” a costa de los demás, en ámbitos además tan desinteresados en principio como debería ser el fansubeo de obras no editadas en nuestro país (que por definición debe ser siempre sin ánimo de lucro, aunque ésto algunos parecen no acabar de entenderlo) o también incluso en el ámbito del merchandising de importación -de más que dudosa procedencia- que puede encontrarse en tiendas especializadas de nuestras ciudades y con mayor visibilidad aún en grandes eventos multitudinarios, donde las hienas se dan un auténtico “banquete” a costa del incauto aficionado que cae en sus garras.

Si a la especie anteriormente comentada de los parásitos le convenía una buena “fumigación” para tratar de paliar sus destrozos como plaga destructiva que son, con las hienas ya es que me quedo sin palabras en cuanto a lo que merecerían como “tratamiento”.

Los cuatro gatos

Finalmente cómo no hacer mención de esta especie tan minoritaria y casi en peligro de extinción en la geografía de Españistán. Se trata esencialmente de los escasos consumidores “legales” de manganime que aún pueden encontrarse (aunque cada vez más por debajo de las piedras) en nuestro bendito país tan supuestamente aficionado a esta gran industria (vamos, igualito que en Francia, Italia o Reino Unido). Referidos habitualmente como ingenuos, tontainas o cosas aún mucho peores por parte de otros -supuestos- fans en los lugares donde coinciden, son junto con las televisiones “la última agarradera del precipio” a la que las editoras nacionales tratan de aferrarse como sea, balanceándose algunas de ellas peligrosamente al borde del abismo de la ruina económica (en especial aquéllas de más que modesta entidad).

A pesar de tratarse de una especie como decimos muy minoritaria dentro de la fauna global de nuestro territorio podemos encontrar aquí ciertas especificidades de lo más interesantes, como por ejemplo el gato blanco: una subespecie de carácter aristocrático que no tiene manías a la hora de adquirir lo que se le antoja, pues lo compra todo sin más, valga lo que valga y sin rechistar, gracias a su privilegiada situación económica.

En el extremo opuesto tendríamos en cambio al común gato negro: una subespecie callejera, esquiva y silenciosa de más que modestos recursos económicos por norma general, pero que los compensa sabiendo recorrer hasta el último rincón de la ciudad hasta dar con la mejor oferta posible, o teniendo una infinita paciencia y sabiendo encontrar y aprovechar gangas que salen a posteriori en ocasiones especiales, o simplemente sabiendo moverse con habilidad por el mercado de ocasión o de segunda mano.

Y entre ambos polos opuestos tendríamos la que podríamos llamar como “clase media” representada por el gato pardo: especie autóctona de nuestro país que como suele decirse tiene ya “los huevos pelaos” en este mundillo en el que nos movemos, por lo que no tiene el menor reparo en ir a armar jaleo cuando hace falta frente a la casa de las editoras para pedirles títulos que, a fín de cuentas, tendrían así ya una venta segura con él, o a menudo también para reclamarles como consumidor legítimo que simplemente hagan bien su trabajo y ofrezcan el producto como es debido: con la calidad mínima exigible, sin defectos injustificables ni racaneos vergonzantes.

Por cierto, para quien pudiera estar preguntándose qué suele verse más por los tejados de RANKO Magazine decirles que evidentemente gatos negros y pardos, ya que los gatos blancos prefieren quedarse dentro de casita al lado de la chimenea o bien recostados comodamente sobre las faldas de mamá (que es la que suelta la pasta en definitiva).

Publicado el 31 diciembre 2014 en Columna de Sigfrido y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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